Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Los habitantes de Soróchintsi se despertaban, acariciados por el frescor de la mañana. Volutas de humo se elevaban de todas las chimeneas al encuentro del sol, que acababa de aparecer. La feria empezaba a animarse. Las ovejas balaban, los caballos piafaban; los gritos de los gansos y de los mercaderes se elevaban de nuevo por todo el campamento, y los extraños rumores sobre la casaca roja, que habían causado tanta alarma en la población en las misteriosas horas del crepúsculo, desaparecieron con la llegada de la mañana.
Bostezando y estirándose, Cherevik seguía dormitando en casa de su compadre, en un granero con techumbre de paja, entre bueyes, sacos de harina y trigo, sin mostrar grandes deseos de desprenderse de sus sueños; de pronto se oyó una voz tan conocida para él como la bendita estufa de su casa, amparo de su pereza, o la taberna de una pariente lejana, que se encontraba a no más de diez pasos de su puerta.
—¡Levántate! ¡Levántate! —le chillaba al oído su tierna esposa, mientras le tiraba del brazo con todas sus fuerzas.
Por toda respuesta Cherevik infló las mejillas y empezó a agitar las manos imitando el redoble de un tambor.
—¡Idiota! —gritó ella, apartándose de sus manos, que a punto estuvieron de golpear su rostro.