Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Cherevik se puso en pie, se frotó un poco los ojos y miró a su alrededor.

—Que me lleve el diablo, palomita, si no he tomado tu cara por un tambor en el que me obligaban a tocar diana esas cabezas de cerdo que, como decía el compadre…

—¡Basta de tonterías! Vete ahora mismo a vender la yegua. Somos el hazmerreír de la localidad. Hemos venido a la feria y todavía no hemos vendido ni un puñado de cáñamo.

—Pero mujer —replicó Solopi—, a la hora que es se van a burlar de nosotros.

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Iban a burlarse de ti de todos modos!

—Todavía no me he lavado —continuó Cherevik, bostezando, rascándose la espalda y tratando de ganar tiempo para su pereza.

—¡Vaya un capricho que te ha entrado con la limpieza! ¿Desde cuándo te preocupan esas cosas? Toma una toalla para que te seques el morro…

Y así diciendo, cogió un trapo enrollado, pero enseguida lo arrojó a un lado con horror: ¡era una manga de casaca roja!

—Vamos, ocúpate de tus asuntos —repitió ella, cuando se repuso, viendo que a su marido le temblaban las piernas y le castañeteaban los dientes de terror.


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