Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¡Ahora sí que vamos a vender! —farfulló, desenganchando la mula para llevarla a la plaza—. Ya me parecía a mí, cuando nos disponíamos a venir a esta maldita feria, que tenía un peso en el alma, como si alguien me hubiera puesto sobre los hombros una vaca muerta; y en dos ocasiones los bueyes hicieron intención de darse la vuelta. Ahora que lo pienso: ¿no salimos un lunes? ¡Pues de ahí viene todo el mal!… Ese maldito diablo es incansable: qué más le daría llevar la casaca sin una manga. Pero no, tiene que molestar a los hombres de bien. Si yo fuera diablo, Dios no lo quiera, ¿iba a estar deambulando en plena noche por culpa de unos malditos jirones?

En ese momento las meditaciones de nuestro Cherevik fueron interrumpidas por una voz recia y ruda. Ante él apareció un gitano de elevada estatura.

—¿Qué vendes, buen hombre?

El vendedor guardó silencio, examinó a su cliente de los pies a la cabeza y le dijo con aire tranquilo, sin detenerse y sin apartar las manos de las riendas:

—¡Tú mismo puedes verlo!

—¿Correas? —preguntó el gitano, mirando las riendas que Cherevik tenía en las manos.

—Sí, correas. Si es que una mula se parece a unas correas.

—¡Que el diablo me lleve, paisano! ¡Al parecer, la has alimentado sólo con paja!


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