Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Entonces, compadre, ¿por qué has desairado a este apuesto joven?
—Como ves —continuó Cherevik, dirigiéndose a Gritsko—, Dios me ha castigado por haberme portado mal contigo. ¡Perdóname, buen hombre! Hubiera hecho cualquier cosa por ti… Pero ¿qué quieres? ¡La vieja es el mismo diablo!
—No soy rencoroso, Solopi. ¡Puedo liberarte, si quieres! —en ese momento guiñó un ojo a los muchachos que les custodiaban, y fueron estos mismos los que le quitaron las ataduras—. Ahora tienes que dar tu consentimiento para la boda. Y la celebraremos de tal modo que nos dolerán las piernas todo el año de tanto bailar el hopak[4].
—¡Muy bien! ¡Muy bien! —dijo Solopi, dando palmadas. Me siento tan feliz como si los moskales se hubieran llevado a mi vieja. Pero ya no hay nada que pensar: le guste o no, hoy mismo se celebrará la boda. No se hable más.
—Mira, Solopi, dentro de una hora me reuniré contigo; ahora vete a tu casa: ¡allà encontrarás compradores para tu mula y para tu trigo!
—¿Cómo? ¿Han encontrado mi mula?
—¡Asà es!
Cherevik, petrificado de alegrÃa, se quedó mirando cómo Gritsko se alejaba.