Las Veladas de Dikanka

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»Yo se lo tejeré, cuando nos vayamos a vivir a nuestra nueva jata. ¡Qué alegría me produce ese pensamiento!» —continuó, sacando de su seno un pequeño espejo revestido de papel rojo, que había comprado en la feria, en el que se miró con íntima satisfacción—. Y si me encuentro alguna vez con ella no la saludaré, aunque reviente. ¡No, madrastra mía, ya está bien de pegar a tu hijastra! ¡Antes se alzará la arena sobre la piedra y se doblará el roble sobre las aguas como un sauce que yo me incline ante ti! Pero me había olvidado… Voy a probarme una cofia de mujer casada, aunque sea la de mi madrastra, para ver cómo me queda». Y así diciendo, se levantó y, con la cabeza inclinada sobre el espejo que tenía en las manos, caminó con trémulo paso por la jata, como si temiera caerse, pues en lugar del suelo veía el techo y las tablas de las que poco antes había caído el hijo del pope, así como estantes con cacharros. «En realidad, soy como un niño pequeño —exclamó y se echó a reír— me da miedo dar un paso». Comenzó a golpear el suelo con los pies, entusiasmándose cada vez más; finalmente, bajando la mano izquierda y apoyándola en la cadera, se puso a bailar y a taconear, mirándose en el espejo y tarareando su canción favorita:

¡Mi verde pervinca desciende hasta mí!

¡Moreno muchacho acércate a mí!

¡Mi verde pervinca desciende aún más!


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