Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka ¡Moreno muchacho acércate más!
Entre tanto Cherevik apareció en el umbral y, al ver a su hija bailando ante el espejo, se detuvo. Estuvo largo rato mirándola, riéndose del peregrino capricho de la muchacha que, sumida en sus ensoñaciones, parecÃa no darse cuenta de nada; pero cuando escuchó los conocidos sones de la canción, la sangre le rebulló en las venas; avanzó con orgulloso paso, puso los brazos en jarra y atacó un paso de baile cosaco, olvidado de todos sus asuntos. La sonora carcajada del compadre hizo estremecerse a ambos.
—¡Vaya, el padre y la hija están celebrando la boda ellos solos! Venid enseguida, ha llegado el novio.
Al oÃr esas palabras Paraska se puso más colorada que la encarnada cinta que ceñÃa sus cabellos, mientras su despreocupado padre recordaba a qué habÃa venido.
—¡Vamos, hija! ¡Apresurémonos! Jivria se puso tan contenta cuando vendà la mula, que salió corriendo para comprarse toda clase de paños y de telas —exclamó, mirando con recelo a su alrededor—. ¡Debemos terminar con esto antes de que vuelva!
Apenas tuvo tiempo Paraska de cruzar el umbral de la jata, cuando se sintió transportada en brazos por el joven de la casaca blanca, que la esperaba en la calle con una multitud de gente.