Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Un sentimiento extraño e inefable se habría apoderado del espectador si hubiera visto cómo un solo golpe de arco del violinista, de largos bigotes retorcidos y casaca de dril, había bastado para restaurar la concordia y hacer que todos, de buen grado o a la fuerza, se pusieran de acuerdo. Gentes cuyos rostros sombríos parecían no haber albergado nunca una sonrisa, taconeaban y movían acompasadamente los hombros. Todos volaban. Todos bailaban. Pero aún mayores habrían sido la sorpresa y la extrañeza del espectador si hubiera visto cómo algunas viejas, en cuyos rostros decrépitos se dibujaba ya la indiferencia de la tumba, se mezclaban con jóvenes sonrientes y rebosantes de vida. Despreocupadas, carentes siquiera de un rastro de alegría infantil, sin una chispa de satisfacción, animadas sólo por una suerte de ebriedad, que las movía como un mecánico su autómata sin vida, realizaban gestos de apariencia humana, movían suavemente sus embriagadas cabezas y bailaban entre la alegre multitud, sin dirigir siquiera la mirada a la joven pareja.
La algarabía, las carcajadas y las canciones se fueron apagando poco a poco. El arco se moría, debilitándose y dejando unos sones confusos en el aire vacío. Todavía se escuchaba en alguna parte un pataleo, semejante al murmullo lejano del mar, pero pronto el lugar quedó vacío y silencioso.