Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka La estepa había adquirido ya una tonalidad rojiza. Gavillas de trigo, esparcidas aquí y allá, como gorros de cosacos, adornaban los campos. Por el camino rodaban carretas cargadas de troncos y ramas secas. La tierra se volvió más dura y en algunos puntos se cubrió de hielo. La nieve empezó a caer del cielo y las ramas de los árboles se cubrieron de una capa de escarcha que parecía una pelusa de conejo. En los claros días de frío el petirrojo, semejante a un altanero hidalgo polaco, se paseaba por los montones de nieve, desenterrando algún grano; los niños, armados de enormes varas, deslizaban sobre el hielo sus peonzas de madera, mientras sus padres pasaban el tiempo tumbados tranquilamente sobre la estufa, y sólo salían de vez en cuando, con la pipa encendida entre los dientes, para maldecir como es debido nuestro frío ortodoxo o tomar un poco el aire y desgranar en el zaguán el trigo cosechado. Finalmente las nieves empezaron a fundirse, el sollo rompió el hielo con la cola. El estado de Pietro, en lugar de mejorar, se iba haciendo más sombrío a medida que pasaban los días. Como si estuviera encadenado, permanecía sentado en medio de la jata, con los sacos de oro a sus pies. Se había vuelto insociable, le había crecido el pelo y tenía un aspecto terrible. No hacía más que pensar y esforzarse en recordar algo, y se irritaba y se enfadaba ante el fracaso de su empresa. A menudo se levantaba de su sitio con gesto destemplado, agitaba los brazos, fijaba su mirada en un punto como queriendo atraparlo; sus labios temblaban como si anhelaran pronunciar una palabra largo tiempo olvidada y al poco rato se quedaban inmóviles… La ira se apoderaba de él; se roía y se mordía las manos como un loco, y lleno de despecho se arrancaba mechones de pelo, hasta que, apaciguado, se desplomaba como privado de sentido; al poco rato trataba otra vez de recordar, volvía a irritarse, se hundía de nuevo en la desesperación… ¿Qué castigo de Dios era ése? Aquélla no era vida para Pidorka. Al principio, le daba miedo quedarse sola con él en la jata, pero acabó habituándose, la pobre, a su desgracia; no obstante, ya no era la Pidorka de antaño. Ni un rastro de arrebol en las mejillas, ni un atisbo de sonrisa en los labios; el dolor la había agotado, la había consumido, y las lágrimas habían borrado el brillo de sus ojos. Una vez alguien se compadeció de ella y le aconsejó consultar a una bruja que vivía en el Barranco del Oso y que tenía fama de curar todo tipo de enfermedades. Pidorka decidió probar ese último recurso y logró convencer a la vieja para que la acompañara a su casa. Todo aquello sucedía al atardecer, precisamente la víspera de San Juan. Pietro yacía semiinconsciente en un banco y no reparó en la presencia del nuevo huésped. Poco a poco se puso en pie y la miró con atención. De pronto se puso a temblar con todo el cuerpo, como si estuviera sobre el cadalso; sus pelos se pusieron de punta y estalló en una carcajada tan espantosa que el terror se apoderó del corazón de Pidorka. «¡Ahora recuerdo, ahora recuerdo!», gritó Pietro, presa de una espantosa alegría y, tras coger el hacha, la arrojó con todas sus fuerzas contra la vieja. El hacha se hundió casi diez centímetros en la puerta de roble. La vieja se esfumó y en medio de la jata apareció un niño de unos siete años, vestido con una camisa blanca y con la cabeza cubierta… La sábana cayó. «¡Iván!», gritó Pidorka, y se abalanzó sobre él; pero el fantasma se cubrió de sangre de los pies a la cabeza e iluminó toda la jata de una luz roja. Aterrorizada, Pidorka salió corriendo al zaguán; luego, cuando se recobró, quiso socorrerlo. ¡Pero fue en vano! La puerta se había cerrado con tanta fuerza que no fue capaz de abrirla. Acudieron algunas personas que se pusieron a golpear la puerta hasta que la derribaron; pero en el interior de la casa no encontraron a nadie. Toda la jata estaba llena de humo; en medio de la pieza, en el lugar donde debía encontrarse Pietro, había un montón de cenizas que humeaban en algunos puntos. Se acercaron a los sacos, pero en su interior, en vez de monedas de oro, sólo hallaron pedazos de barro cocido. Los cosacos se quedaron como clavados al suelo, con la boca abierta y los ojos desorbitados, sin atreverse a mover el bigote. Tanto les había aterrorizado ese prodigio.