Mis confesiones
Mis confesiones Por más que me esforzaba, me era imposible concentrar las ideas, que, en su incoherencia saltaban unas por encima de otras. Percibí algunas caras ajadas de mujeres caducas, que, casi exánimes, contemplaban las imágenes santas con un temblor de labios; pero no oí ningún sonido.
Una vez terminada la ceremonia, salí de la iglesia. El día era hermoso; el sol centelleaba sobre la nieve; los pájaros brincaban por el follaje haciendo desprender la escarcha. Me aproximé a la valla que circundaba el convento y dirigí la mirada a la lejanía, a través de los campos interminables. El convento se levantaba sobre una colina y la tierra se extendía por la ladera hasta la línea de los horizontes, muníficamente ataviada con la plata azulada de las nieves. Los árboles ofrecían un aspecto contristado; el bosque aparecía dividido por un arroyo; los caminos semejaban cintas extraviadas. Y por encima de todas esas cosas, el sol de invierno esparcía sus rayos oblicuos. El ambiente estaba saturado de silencio, de belleza y de sosiego.
Unos instantes después, llamé a la puerta de la Madre Ferronia. Era ésta una viejecita de lacrimosos ojos desprovistos de cejas. Por las pequeñas arrugas de su semblante vagaba constantemente una simpática sonrisa. Hablaba con voz baja y cantarina como un murmullo.