Mis confesiones

Mis confesiones

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VIII

ME sentí tan solo en la ciudad como en medio de la estepa. El convento estaba a treinta y tres verstas; emprendí el camino sin pérdida de tiempo. Llegué allí al día siguiente, y pude asistir a la misa.

Las religiosas se hallaban rodeadas de numerosos fieles. El convento era rico y las monjas muchas; eran todas corpulentas y tenían el rostro amazacotado, fláccido y blanquecino. El cura despachaba la misa de prisa, omitiendo lo que le parecía. Se le notaba bien alimentado. Era gordo y tenía voz de bajo. Las monjas que formaban el coro eran muy guapas y cantaban divinamente. Los cirios derramaban lágrimas de blancura; sus llamas temblaban como si se compadecieran de las gentes. «Mi espíritu va hacia Tu templo, Tu santo templo», cantaban las tiernas vocecitas resignadas.

La costumbre hizo que repitiera maquinalmente las palabras de la liturgia, mirando a mi alrededor. Probé de adivinar cuál era la monja de que me había hablado Tatianá, nombre que turbaba mi recogimiento. Al darme cuenta de ello, experimenté gran inquietud; no había ido allí a distraerme, y, sin embargo, mi espíritu estaba vacuo.


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