Mis confesiones

Mis confesiones

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Cogí sus dedos entre mis manos, y, oprimiéndolos con ternura, le testimonié mi gratitud con acentos que manaban del corazón.

—¡Os doy las gracias, Tatiana! No sé lo que os debo, no puedo apreciarlo en este instante, pero siento que sois una criatura bondadosa, y os estoy agradecido.

—Pero ¿qué decís? ¡Oh, no, por Dios!…

Estaba llena de turbación y sonrojo.

—Estoy muy contenta de haberos proporcionado un poco de consuelo.

Vi, en efecto, que estaba satisfecha, complacida de haber podido aliviarme. Y, sin embargo, ¿qué era yo, para ella?

Apagué la luz y acostéme, pensando:

«He festejado la Natividad sin proponérmelo».

Si bien mis amarguras eran igualmente intensas, en mi corazón se suscitaba un sentimiento nuevo. Veía en mi imaginación los ojos de Tatiana, ora provocativos, ora graves; había en su mirada más de humano que de femenino. Pensaba en ella con pura alegría. ¿Y no es como una fiesta pensar en el prójimo de esa manera?

Por la mañana, Tatiana llamó a mi puerta:

—¡Ya es hora de levantarse!

Nos saludamos, como amigos de antiguo. Mientras tomábamos el té, me instó a que fuese a visitar a la monja; así se lo ofrecí. Nos despedimos cordialmente. Tatiana me acompañó hasta la puerta.


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