Mis confesiones
Mis confesiones Y hablé a Tatiana del arcipreste, que me había amenazado con la cólera de su Dios vengativo, en cuya ayuda iba a llamar a la policía… Tatiana se echó a reír; yo me regocijaba pensando en aquel prelado que chillaba y brincaba como una chicharra.
Cesando en sus risas, la simpática muchacha tomó una expresión taciturna.
—No os he entendido del todo —declaró—. He de confesaros que a ratos me habéis dado miedo. Vuestras ideas acerca de Dios son bastantes atrevidas.
Yo le contesté:
—¡No es posible vivir sin Dios!
—Es mucha verdad —repuso—; pero no parece sino que os hayáis propuesto luchar con Él a brazo partido. Cierto que la vida es dura para nosotros; también yo me pregunto a menudo por qué ha de ser así. Pero ¿sabéis lo mejor que podríais hacer? No muy distante de aquí hay un convento de religiosas, y en él una anciana monja, muy piadosa, que habla de Dios con gran elocuencia. Deberíais consultarla.
—¡Está bien; iré! ¡Voy a ir por todas partes donde haya personas virtuosas! Necesito que mi alma halle de nuevo la paz.
—Voy a acostarme. Haced lo mismo —me dijo, tendiéndome la diestra.