Mis confesiones
Mis confesiones —¿QuerÃais mucho a vuestra mujer?
—¡Mucho! —le contesté.
La sencilla cordialidad de Tatiana me iba conquistando.
Comencé a referirle las torturas de mi espÃritu, la indignación que sentÃa contra Dios, porque habiendo consentido que pecara, me castigó luego, arrebatándome a mi Olga. Oyendo mi relato, Tatiana, ora palidecÃa y tomaba una expresión fosca, ora se le encendÃan las mejillas y se le iluminaban los ojos. Eso me excitaba más.
Por vez primera, mi pensamiento abarcó entonces todo el ciclo de la vida humana, tal como la habÃa concebido; vida incoherente, desconcertada, bochornosa, mancillada de fango, saturada de gritos, de odios, de quejidos y lamentos.
—¿Por dónde se columbra algo de la divinidad? —me preguntaba—. Las gentes están amontonadas, unos sobre otros; se chupan la sangre mutuamente; por doquiera se entablan luchas feroces por un mendrugo. ¿Dónde está Dios, ahÃ? ¿Dónde la bondad, el amor, la fuerza y la belleza? Soy joven, es cierto, pero no estoy ciego. ¿Dónde está Jesús, el Hijo de Dios? ¿Quién ha pisoteado las flores que ha sembrado su corazón, purÃsimo? ¿Quién ha robado la virtualidad de su amor?