Mis confesiones

Mis confesiones

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De nuevo frunció el entrecejo con aire meditativo; luego me preguntó como sorprendida:

—No comprendo lo que Dios tenga que ver con eso.

—¡Cómo! Él es nuestro pastor y nuestro padre; los destinos de la humanidad se hallan en su mano todopoderosa.

Tatiana arguyó:

—¡Pero yo no hago mal a nadie! ¿En qué soy culpable? ¿A quién perjudico, si mi vida es impura? ¡A mí misma!

Tenía la impresión de que era sincera, pero no acertaba a comprender sus razonamientos.

—Soy yo quien responderá de mis pecados —prosiguió, inclinándose hacia mí, sonriente—. Además, mi pecado no se me antoja tan grave; tal vez no esté bien que lo diga, pero es la verdad. Me gusta, sí, ir a la iglesia; tenemos una muy nueva, muy linda y clara. ¡Y los coros cantan tan bien! A veces se impresiona una tanto, que le corren las lágrimas. La iglesia es un remanso de todos los afanes…

Guardó silencio un instante, añadiendo:

—Y luego hay otra cosa…: ¡Allí se traban relaciones!…

¡Era tan grande mi asombro, que un sudor frío me perlaba la frente! No acertaba a comprender cómo todas esas ideas podían ordenarse y concertarse tan bien en una cabeza.


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