Mis confesiones
Mis confesiones Y me puse a explicarle sin rodeos lo que pensaba de las mujeres de su clase.
Ella me escuchaba tranquilamente, con interés.
—Entre nosotras, las hay de varios géneros; algunas son peores de lo que podéis imaginaros. Concedéis demasiado crédito a lo que os cuentan…
No me resignaba a creer que aquélla fuese una mujer venal.
—Es la necesidad la que os fuerza…
—Primero me sedujo un guapo mozo, que luego me abandonó; tomé otro para fastidiar a aquél; y asà he continuado… Ahora, casi siempre, cuando admito a un hombre es por dinero.
Hablaba con extraordinaria sencillez, sin lamentarse de su suerte.
—¿Vais a la iglesia?
Se sonrojó vivamente:
—¡Las puertas de la iglesia están abiertas para todo el mundo!
Comprendà que la habÃa ofendido, y me apresuré a explicarme:
—¡No; no me habéis entendido bien! Pensaba ahora en el Evangelio, en la historia de MarÃa Magdalena, de la pecadora con que los fariseos quisieron tentar a Jesús. Mi intención era preguntaros si estabais irritada con Dios y con la vida que lleváis. ¿Dudáis, acaso, de la bondad de Dios?