Mis confesiones
Mis confesiones —¡Joven —me dijo—, no comas las manzanas antes del dÃa del Señor! ¡Espera a que el Señor las haya hecho madurar! ¡Espera a que sus pepitas se hayan vuelto negras!
Me preguntaba qué podÃan significar aquellas palabras.
—Honra a tu padre y a tu madre —prosiguió.
—¡No los tengo!
—Ora por el reposo de sus pobres almas.
—¡Acaso estén vivos todavÃa!
Quedóseme mirando; luego enjugóse los ojos; insinuó una sonrisa algo confusa, y meneando de nuevo la cabeza, repuso con su voz cantante:
—¡Nuestro Dios es bueno! ¡Es justo con todo el mundo y distribuye sus mercedes entre todos los seres!
—Aquà precisamente de mis dudas…
Comprendà que la habÃa horripilado. Dejó caer los brazos y enmudeció unos momentos; sus ojos parpadearon nerviosamente.
Recobró el ánimo, y me dijo con voz tenue y pausada:
—¡No olvides que la oración es alada y más rápida que cualquier ave! ¡Asà llega infaliblemente hasta el trono de Dios! Nadie entró jamás sin afanes en el reino de Dios…