Mis confesiones
Mis confesiones Sin embargo, continuaba allí, cogiéndome una rodilla con las manos, miraba en torno mío con ojos adormecidos y pensaba en Gricha y en mí. Estábamos en verano; las noches eran calurosas, asfixiantes. En la iglesia hacía fresco; desparramadas por el recinto, titilaban las lámparas; sus llamitas azuladas pestañeaban y se erguían como si quisieran elevarse hasta la cúpula, más allá todavía, hacia el cielo y las estrellas. Percibía el tenue chisporroteo de los cirios, unas veces prolongado, otras breve; en mi somnolencia imaginaba que un ser invisible moraba en el templo y hablaba en el tímido crepitar de las lamparillas. Las facciones de los santos, rodeadas de tinieblas y de un silencio tibio, se movían, pensativas, como si también se hallaran frente a un problema insoluble. Unas sombras transparentes pasaban rozándome el rostro con perfume de incienso de ciprés y de óleos. El brillo del cobre y del oro se había atenuado; la plata fulgía despidiendo un calor amoroso, y todo se iba fundiendo y flotaba hasta confundirse en un gran torrente de ensueño. El templo, semejante a una densa nube vaporosa, se movía y navegaba entre el susurro de una oración que yo no percibía bien. Me sentí arrastrado por un corro de sombras, y un sueño reparador me transportaba a través de los espacios.
Antes de que repicaran para la misa, Nicodemo me despertó, tocándome la cabeza, a tiempo que decía:
—¡Vete en paz!