Mis confesiones
Mis confesiones —¡Perdóname! HabÃa vuelto a dormirme…
Fuime alejando con paso vacilante, sostenido por Nicodemo, que me decÃa confusamente al oÃdo:
—Dios te perdonará; ¡bienhechor mÃo!
Nicodemo era un viejecito silencioso y modesto que ocultaba casi siempre su rostro y llamaba a todo e1 mundo su bienhechor.
Cierto dÃa le pregunté:
—¿Es que has hecho voto de silencio, Nicodemo?
—No —me contestó con un suspiro—. Si tuviese algo que decir, hablarÃa.
—¿Y por esa razón has renunciado al mundo?
—¡SÃ; por eso!
Si seguÃais interrogándole, ya no contestaba. O tal vez susurraba, lanzando una mirada de encogimiento:
—¡No sé, bienhechor mÃo!
Algunas veces yo pensaba:
«¡Acaso también este hombre ha buscado contestaciones!»
Y me entraban unas ganas locas de escapar del monasterio.