Mis confesiones

Mis confesiones

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Por aquel tiempo surgió otro personaje, como una pelota lanzada por encima de la cerca. Era un verdadero saltarín, bajito y vivaz. Tenía los ojos redondos como los de un mochuelo, la nariz aguileña, unos rizos rubios, barba lujuriante, dientes blanquísimos y una perenne sonrisa en los labios. Divertía a los monjes con sus bromas; hablaba de las mujeres de un modo obsceno y por la noche introducía algunas en el convento. También sabía hacerse con aguardiente en cantidades considerables. Era, sin disputa, hábil en todo.

Lo examiné, y pregúntele:

—¿Qué vienes a buscar en el convento?

—¿Yo? La comida.

—Hay que ganar el pan con el trabajo.

—Ésa es una ley que Dios ha impuesto a los campesinos —replicóme—. Pero yo soy un burgués; además, he sido, por espacio de dos años, empleado de la Cámara de Hacienda; de modo que me considero casi como una autoridad.

Me puse a estudiar a aquel entretenido granujilla; me interesaba conocer los diversos resortes que mueven a los hombres.

Cuando me hube acostumbrado a la clase de trabajo que me asignaran, Mikba se fue tornando perezoso; se marchaba con frecuencia, no sé a dónde. Prefería quedarme solo, aunque la tarea fuese doble; así venían a verme al horno, y podíamos departir con entera libertad.


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