Mis confesiones

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Las más de las veces, la tertulia la componíamos Gricha, el alegre Serafino y yo. Gricha se agitaba, turbado con mis palabras; Serafino silbaba, sacudiendo sus rubios mechones, y sonriendo.

Una vez le pregunté:

—Y tú, vagabundo, ¿crees en Dios?

—Te lo diré más tarde. Espera unos treinta años. Cuando haya cumplido los sesenta, tal vez sepa si creo en Dios o no; de momento, lo ignoro, y conste que no tengo ganas de mentir.

Gustaba de trazarnos descripciones del mar; hablaba de él como de un gran milagro, con frases llenas de asombro, con voz ora fuerte, ora cansina, impregnada de amor y de espanto. Resplandeciente de alegría, era semejante a una estrella. Le escuchábamos en silencio, entristecidos por ignorar aquella belleza viviente y majestuosa que nos evocaba.

—El mar es la pupila azul de la tierra —decía con entusiasmo—. Fija en la profundidad de los cielos, contempla los espacios infinitos, y en su fluido, vivido y sensible como el alma, se reflejan los fuegos de las estrellas, la carrera misteriosa de los astros. ¡Cuando se contemplan por mucho tiempo las olas del mar, parece después el mismo cielo un océano remoto, en el que las estrellas son islas de oro!

Gricha escuchaba palideciendo, y con aire triste y una sonrisa tenue, casi lunática, interrumpía:


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