Mis confesiones
Mis confesiones Estábamos en abril, pero aún hacÃa frÃo. La labor era muy ardua, toda vez que el bosque era centenario. Las raÃces se hundÃan en la tierra hasta una gran profundidad; los troncos eran gruesos. Yo cavaba y cortaba, sin darme punto de reposo. Luego uncÃa el caballo al tronco y aunque el pobre animal tiraba con todas sus fuerzas, sólo conseguÃa estropearse el arnés. A la mitad del dÃa me encontraba fatigadÃsimo y el caballo jadeaba cubierto de espuma, mirándome con sus redondas pupilas, como si me dijera:
—No puedo más, amigo mÃo; eso es muy pesado.
Yo lo acariciaba, dándole palmadas en el pescuezo.
—¡Ya lo veo! —le contestaba yo.
Y volvÃa a cavar y a desmochar, mientras el caballo me contemplaba fijamente, sacudiendo el cuerpo y moviendo la cabeza. Los caballos son inteligentes, y aun tengo para mà que se dan cuenta de la insensatez de las acciones humanas.
* * *
Por aquel tiempo tuve con Mikha una reyerta, que estuvo a punto de acabar muy mal para ambos. Cierto dÃa me puse en camino con objeto de reanudar el trabajo, después de la comida; habÃa dado los primeros pasos en el bosque, cuando Mikha surgió ante mà de improviso, empuñando un rebenque y gruñendo como un oso.