Mis confesiones
Mis confesiones Me detuve a la espectativa. Sin pronunciar palabra, arrojóse sobre mà enarbolando el látigo; me agaché rápidamente, y con la cabeza le di un violento golpe en el vientre; Mikha se tambaleó cayendo al suelo. Me senté sobre su pecho y arranquéle el arma, preguntándole:
—¿Qué te pasa? ¿Por qué me amenazas?
Agitóse convulsivamente bajo mi presión, chillando con voz enronquecida:
—¡Márchate del convento!…
—¿Por qué?
—¡No puedo tragarte! ¡Márchate o te mataré!
De sus ojos inyectados saltaban lágrimas que parecÃan de sangre; echaba espumarajos por la boca. Rasgóme las vestiduras y me arañaba el cuerpo, debatiéndose en vanos esfuerzos para alcanzarme la cara.
—¿De modo que tú, un hombre investido de la dignidad monacal —le dije—, alimenta un odio semejante? Pero ¿por qué?
Incorporado ya sobre el barro, continuaba con torpe y ciega obstinación:'
—¡Márchate, no me pierdas el alma!
Yo no entendÃa una sola palabra. Luego, pareciéndome haber adivinado, le interrogué en voz baja:
—¿Supones, tal vez, que he hablado de tu lamentable vicio? Te engañas, Mikha; no lo he contado a nadie, te lo aseguro.