Mis confesiones
Mis confesiones Se puso en pie, vacilante, y agarrándose con los dos brazos en torno de un árbol, miróme con expresión salvaje, y rugió:
—¡Hubiera preferido que lo contases al mundo entero, y ahora sufrirÃa menos! ¡Si me confesase a otros, me perdonarÃan; pero tú, canalla, tú desprecias a todo el mundo, eres un hereje, un orgulloso! ¡Desaparece antes de hacerme consumar un pecado mortal, porque te mataré!
—¡Márchate tú, si no quieres verme! Yo no me voy; ya lo sabes.
Se abalanzó otra vez contra mÃ; los dos rodamos por el lodo, que nos salpicó como si fuésemos ranas. Yo le llevaba ventaja, pues era más robusto. Levantéme, y él quedó tumbado en el suelo: el desgraciado estaba llorando.
—Oye, Mikba —le dije—. No me iré hasta dentro de algún tiempo; por ahora, no. No creas que me quedo por puntillo, sino porque es necesario.
—¡Vete con el diablo, tu padre! —gimoteó rechinando los dientes.
Volvà a mi trabajo; algunos dÃas después, Mikha recibió la orden de trasladarse a la ciudad, a una hosterÃa del convento. Ya no le volverÃa a ver.