Mis confesiones

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XIII

TRANSCURRIDO el tiempo que se me había asignado como prueba, me presenté a Antoni con un hábito nuevo. Recuerdo perfectamente en todos sus detalles esa época de mi vida, desde su comienzo hasta el fin; me acuerdo de todo, hasta de la palabra más insignificante, como si estuviese grabada en mi piel y escrita con caracteres de fuego en mi corazón.

Antoni me hizo visitar todas las partes de su casona, iniciándome minuciosamente en los menesteres del servicio. Una de las habitaciones estaba rodeada de una serie de armarios atestados de libros sagrados y profanos.

—Es mi oratorio —me dijo.

En el centro de la pieza había una amplia mesa; junto a la ventana, un sillón muy cómodo; algo más lejos, un canapé ricamente tapizado. Delante de la mesa, vi una silla de alto respaldo, recubierta de cuero, con repujados.

En el cuarto contiguo estaba el dormitorio, compuesto de una cama muy holgada, un armario lleno de ropa blanca y de sotanas, un lavabo provisto de un gran espejo, y multitud de cepillos, peines y frascos de todos colores. En las paredes de la tercera pieza, vacía y fea, se disimulaban dos armarios interiores; el uno contenía vinos y embutidos; el otro, un juego, de vajilla para el té, pastas y confituras.

Después de la revista, Antoni me llevó a la biblioteca, y me dijo:


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