Mis confesiones
Mis confesiones —¡Toma asiento! Ya ves cómo vivo. No es una existencia muy monacal, que digamos…
—¡No, en efecto! Todo eso no se ajusta a los cánones…
—Oye, criticón, ¿vas a meterte también conmigo?…
Y sonrió con altivez, como si me hablara desde lo alto de un campanario. Me gustaba mucho Antoni, por la hermosura de su semblante; pero su sonrisa me decepcionó.
Insinuó una sonrisita mortificante:
—Parece que eres de nacimiento ilegÃtimo…
—SÃ.
—Se ve que tienes sangre azul en las venas.
—¿Qué quiere decir eso? —exclamé.
Me contestó riendo y recalcando las palabras:
—La sangre azul es una substancia de la que nacen las almas arrogantes.
El dÃa era luminoso; el sol fulguraba y sus rayos nimbaban la cabeza de Antoni, que se hallaba sentado junto a la ventana. Súbitamente surgió en mi cerebro una idea insospechada, que me mordió en el corazón como si hubiese recibido una quemadura. Me puse en pie bruscamente, fija la mirada en el monje, el cual se irguió a su vez, asiendo un cuchillo que estaba sobre la mesa; dando vueltas entre sus manos al instrumento, dÃjome:
—Pero ¿qué te pasa?