Mis confesiones

Mis confesiones

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Le contesté con otra pregunta:

—¿No seríais, acaso, mi padre?

Hizo una mueca de sorpresa; su semblante se tornó grisáceo y quedó inmóvil, como si fuese tallado en un bloque de hielo. Entornando los párpados, algo más sereno, susurró:

—¡Lo dudo! ¿Dónde naciste? ¿Cuándo? ¿Qué edad tienes? ¿Quién es tu madre?

Una vez le hube referido la forma en que fui abandonado, fue recobrando su sonrisa, y dejó el cuchillo en la mesa.

—¡En esa época no estaba yo por esos pueblos! —afirmó.

Sentíme avergonzado, como si me rehusaran una limosna.

—Y además, aunque yo fuese tu padre, ¿qué importancia tendría eso?

—¡Ninguna! —repuse.

—Soy de tu opinión. Vivimos uno y otro en un sitio donde no hay padres ni hijos de orden carnal, sino únicamente espiritual. Por otra parte, todos, en la tierra, somos seres abandonados, y de consiguiente, hermanos de infortunio, y nuestro infortunio se llama: ¡la vida! ¡El hombre no es más que un accidente de la tierra! ¿Lo sabías?


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