Mis confesiones

Mis confesiones

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Me refugié en el terradillo que se me había reservado como, dormitorio y me senté sobre el lecho, con el corazón henchido de pena. Me sentía como emponzoñado, todos los miembros me temblaban y las fuerzas me iban abandonando. Sólo me quedaban para pensar. No acertaba a comprender de dónde podía haberme venido la idea de que Antoni era mi padre; no había surgido de mi cerebro, y era absurda. Repetí sus palabras: «El alma está formada por la sangre… el hombre es un accidente en la tierra». Eran monstruosamente heréticas. ¡Y la mueca que hizo, al dirigirle aquella pregunta! Abrí el libro; se refería a un caballero francés, a unas damas. ¿Qué me importaba a mí todo aquello?

Sonó un timbre, llamándome. Acudí y me recibió amistosamente.

—Qué, ¿y el samovar?

—¿Por qué me habéis entregado ese libro?

—¡Para que te enteres de lo que es el pecado!

Eso me satisfizo; me pareció haber adivinado su intención; quería probarme. Hícele una profunda reverencia, y me retiré. Preparé de prisa el samovar y se lo serví. Antoni había puesto la mesa él mismo. Como yo hiciera ademán de marcharme, díjome:

—Quédate; tomarás el té conmigo.

Se lo agradecí, pues sentía un deseo irresistible de llegar a comprenderle.


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