Mis confesiones
Mis confesiones —Cuéntame tu pasado —añadió—. ¿Cómo viniste a dar aquí?
Devané el relato de mi existencia, sin ocultarle nada, ningún pensamiento secreto, ni la más leve reflexión. Me escuchaba con los párpados entornados, tan atentamente que se olvidaba de tomar el té. Caía la noche; las ramas negras de los árboles se recortaban sobre el fondo escarlata del firmamento, mientras yo iba desovillando mi historia con la vista fija en los blancos dedos de Antoni, entrecruzados sobre su pecho. Al terminar mi narración, me escanció un vasito de vino tinto dulce.
—Bebe —dijo—. Me había ya fijado en ti, el día que en la iglesia rezabas en voz alta. ¿No has encontrado aquí ningún lenitivo?
—¡No! Pero confío en vos. Acudid en mi ayuda. Sois hombre instruido. ¡Sabréis tantas cosas!
Me respondió en voz baja, sin mirarme:
—No sé sino una cosa: cuando se emprende la ascensión de una montaña, hay que llegar hasta la cúspide, y si se cae, hay que rodar hasta el fondo del abismo. Pero tampoco yo obedezco a esta norma; soy demasiado perezoso. El hombre no es nada, Matvei. ¿Y por qué no es nada? Se ignora. No obstante, la Vida es bella y el mundo, sugestivo. ¡Cuántos placeres otorgados al hombre y… no es nada! ¿Por qué? Todavía no he resuelto este problema… ¡Ni quiero yo tampoco pensar en eso!…