Mis confesiones
Mis confesiones Tocaron a vísperas; estremecióse, y me dijo:
—¡Vete en paz!… Me siento cansado y debo ir a la iglesia.
Si yo hubiera sido hombre cuerdo, aquel mismo día debí haberme despedido de Antoni; así conservaría un buen recuerdo de él. Pero no había penetrado el sentido de sus palabras.
De vuelta a mi terradillo, me acosté inmediatamente; el librito encarnado había quedado sobre la cama. Encendí una bujía; llevado por la simpatía que me inspiraba mi iniciador, me puse a leerlo. Era la historia de un caballero que engañaba a los maridos, escalando por las noches las ventanas de las mujeres; sorprendido muchas veces, lograba siempre escabullirse de los maridos, que intentaban ensartarlo con sus espadas. La historia me parecía fastidiosa e incomprensible; mejor dicho, me parecía, en suma, que todo giraba en torno de un mancebo que se divertía, sin que yo acertara a comprender por qué se había llenado un volumen sobre este tema, ni por qué había yo de leer semejantes majaderías.
Nuevamente me pregunté por qué razón había podido imaginar que Antoni fuese mi padre. Esa idea roía mi corazón como el moho corroe el hierro. Me quedé dormido. Sentí como entre sueños que me zarandeaban; abrí los ojos: Antoni estaba a mi lado.
—He tocado el timbre la mar de veces —exclamaba.