Mis confesiones
Mis confesiones —Perdonadme, en nombre de Cristo. Mi trabajo es muy pesado; me encuentro extenuado.
—Lo sé —contestó.
Pero sin añadir: «Que Dios te perdone».
—Voy a reunirme con el Superior —prosiguió—; ve preparándolo todo según te he dicho. ¡Ah! ¿LeÃste mi libro? ¡Es lástima! TenÃas razón, no te es conveniente su lectura. ¡Son otros los que necesitas!
Hice su cama; las sábanas eran finas y la manta muy suave; todo era de un lujo que yo desconocÃa, y estaba impregnado de un perfume tibio y soso.
Seguà viviendo a través de una niebla turbia, como en sueños. No percibÃa nada, únicamente a Antoni y aun desdoblándose tras una sombra. Hablaba con acento cariñoso, al paso que sus pupilas brillaban con reflejo de ironÃa. Raras veces pronunciaba el nombre del Señor. En lugar de Dios, decÃa: el espÃritu, y sustituÃa Satanás por Naturaleza; pero en mi juicio, los nombres no cambiaban el concepto. Mofábase un tanto de los monjes y de las ceremonias del culto.