Mis confesiones

Mis confesiones

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Bebía mucho, aunque no lo bastante para perder el equilibrio. Su frente tan sólo adquiría un tinte lívido y azulado; por encima de sus mejillas descoloridas, los ojos se encendían con clarores torvos; sus labios se tornaban acarminados y enjutos. Muchas veces, al regresar de casa del Superior a medianoche y también más tarde, me despertaba para que le sirviera vino. Bebía y hablaba con su voz profunda, durante mucho rato, hasta la madrugada.

Me costaba mucho entender sus discursos. No son pocas las cosas que he olvidado; recuerdo que, al principio, sus palabras me asustaban como si descubrieran a mis pies un precipicio al que arrojaran todo cuanto de esencial había en la tierra.

En algunas ocasiones, las ideas de Antoni me llenaban de tal angustia y turbación, que estuve a punto de preguntarle:

—¿Seríais por entero el diablo?

Su semblante se ennegrecíanse expresaba con voz autoritaria; cuando estaba algo bebido, sus ojos adquirían un aspecto todavía más ambiguo, hundidos en las órbitas. Su rostro paliducho se animaba con una sonrisa tan extraña, que parecía más bien una mueca; sus dedos, flacos y largos, pasaban una y otra vez apresuradamente por su barba, negra como el ala de un cuervo; un frío glacial emergía de toda su persona; era una impresión terrorífica.


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