Mis confesiones

Mis confesiones

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Pero, como he dicho ya, yo no creía en el diablo; además, había aprendido en la Biblia que el diablo es fuerte por su orgullo, que lucha tenazmente; que su arte y su pasión estriban en seducir a los hombres. Y el Padre Antoni no me empujaba, a la tentación. Envolvía la vida en un ropaje gris, y me demostraba su insensatez. A su juicio, los hombres eran un rebaño de cerdos furiosos, que corrían hacia el abismo, más o menos velozmente.

—Sin embargo, decíais una vez que la Vida es bella.

—¡Sí, es bella, cuando se conoce mi existencia! —arguyó con una risa burlona.

He olvidado sus argumentos, pero conservo el recuerdo de esta burla. Parecía como si creyera que todas las cosas se hallaban ocultas tras un muro, y que, expulsado de todas partes por algo misterioso, ya no se indignaba de ese constante acoso. Su inteligencia era vivaz y sutil, flexible como una serpiente; pero no lograba vencerme, porque yo no tenía confianza en ella, a pesar de que la habilidad de esa inteligencia y la gallardía de sus vuelos me llenaban de arrobamiento.

De vez en cuando, aunque raramente, Antoni se enojaba conmigo:


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