Mis confesiones

Mis confesiones

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Su Dios era también un misterio para mí. Yo me empeñaba en hacer que hablara de Dios, estando en ayunas. Pero me respondía siempre evasivamente y con aire burlón, citando frases bíblicas que me eran familiares; y, en mi opinión, Dios se encontraba más allá de la Biblia.

Aproveché una ocasión en que estaba embriagado para repetirle la pregunta; pero Antoni no se traicionó esa vez tampoco.

—¡Ah! Eres astuto, Matvei —me dijo—. ¡Eres astuto y obstinado! Es una lástima para ti.

Me inspiraba compasión por la soledad en que vivía. Yo atenía en gran estima la abundancia de sus ideas y lamentaba que se esparcieran estérilmente en aquella celda.

Por eso estrechaba cada vez más el cerco de mis preguntas. Una vez me confesó de mal talante:

—Yo no puedo representarme a Dios, Matvei; lo mismo que tú.

—Yo no me lo imagino, es cierto, pero lo siento; no os pregunto si existe, sino cómo deben interpretarse las leyes por las cuales ordena la Vida.

—Las leyes las encontrarás en los libros de Derecho canónico. Mejor para ti si sientes a Dios.


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