Mis confesiones
Mis confesiones Llenó dos vasos, y bebió el suyo de un trago. Si bien los rasgos de su semblante permanecían tan estirados como los de un muerto, sus ojos seguían mirándome burlonamente.
El atractivo que sobre mí ejerciera había ido disminuyendo poco a poco, pues en varias circunstancias me había lastimado de un modo sangriento la ostentación que hacía de la nobleza de su origen.
Cuando estaba algo bebido, gustábale hablar de mujeres.
—La Naturaleza nos mantiene en un penoso estado de esclavitud, valiéndose de la mujer, que es el más sabroso de sus cebos. Sin la tentación carnal que absorbe lo mejor de las energías del espíritu, el hombre hubiera tal vez conquistado la inmortalidad.
Pero como quiera que ya había oído al Hermano Mikha expresarse más radicalmente aun sobre este mismo tema, me sentía lleno de tedio hacia ese orden de ideas. Mikha renegaba furiosamente de la mujer, difamándola con acentos de odio, al paso que las disertaciones del Padre Antoni eran frías y fastidiosas.
—¿Te acuerdas del libro que te presté? Su lectura te dará a entender hasta qué punto la mujer es astuta, embustera y licenciosa por esencia.