Mis confesiones
Mis confesiones Me sorprendÃa y asqueaba ver cómo un hombre nacido de mujer, alimentado con su leche y su sangre, envilecÃa y mancillaba de fango a su propia madre, negándoselo todo, menos la lubricidad, y rebajándola al nivel del bruto.
En una ocasión le expuse esta idea, aunque en términos más mesurados.
Se puso fuera de sà y empezó a dar grandes voces:
—¡Idiota! ¡Yo no hablo de mi madre!
—¡Toda mujer es una madre!
—Pero las hay que son uñas desvergonzadas toda la vida.
—¡También hay muchos jorobados, y la jiba no es obligatoria para todo el mundo!
—¡Márchate, imbécil!
El militar no habÃa muerto todavÃa en él.