Mis confesiones

Mis confesiones

XIV

EN distintas ocasiones disputamos al hablar de Dios; sus sarcasmos, sus subterfugios, habían acabado por irritarme.

Mi carácter se había agriado; me sentía torturado por una gran angustia. Daba vueltas alrededor de Antoni, como un famélico en tomo de una despensa cerrada que exhalase olor de pan tierno. Parecía un hidrófobo, porque sus reticencias habíanme excitado más que de costumbre.

Una noche tomé el cuchillo de la mesa, y le dije:

—Dadme a conocer el fondo de vuestro pensamiento, o me corto el cuello.

Alarmado en extremo, me detuvo el brazo y arrancóme el arma; estaba desconocido, tal era su turbación.

—¡Debería castigarte! —exclamó—. ¡Pero de nada, sirven los castigos con los fanáticos!

Y añadió, recalcando las palabras como si fuesen clavos que me iba hundiendo en la cabeza:

—Mira lo que te voy a decir: Sólo el hombre existe, todo lo demás son ideas. En cuanto a Dios, no es sino un sueño de tu alma. El único conocimiento que posees es el de ti mismo, ¡y aun no es seguro!


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