Mis confesiones
Mis confesiones Esas palabras me destrozaron el alma y me agitaron como un huracán. Habló durante mucho rato; no alcancé a comprenderlo todo, pero saqué la impresión de que en aquel hombre no había ni goces ni terrores, ni arrogancia hi amargura. Era semejante a un viejo clérigo que, apegado a la capilla de un cementerio, celebra la misa de difuntos y conoce ya tanto las frases de la liturgia, que las pronuncia sin que su alma se estremezca. Al principio, ese escepticismo se me antojó terrible; luego, me hice cargo de que en un hombre como Antoni era inofensivo.
La ventana estaba abierta; el perfume tibio de las flores embalsamaba el ambiente. Los manzanos, muy azules bajo la claridad argéntea de la luna, se parecían a una bandada de muchachas que fueran a celebrar la comunión. En el péndulo sonaban unas horas; en aquel silencio, el cobre adquiría sonoridades lúgubres; frente a mí, un hombre de faz glacial iba vertiendo frases vacuas; las palabras grises se esparcían como pavesas. Yo estaba desconcertado y entristecido; me ofrecían paja en vez de oro.
—¡Retírate! —me ordenó Antoni.
Salí, dirigiéndome al jardín; tocaban a maitines y entré en la iglesia, donde, refugiado en un rincón, oscuro y solitario, me entregué a la meditación.
«¿Qué necesidad puede tener de Dios un hombre medio muerto?»