Mis confesiones
Mis confesiones La feligresía iba congregándose; parecía como si la luz de la luna hubiese quebrado las tinieblas de la noche en mil fragmentos, que se refugiaran en el templo, produciendo un roce tenue…
Desde entonces, Antoni me trató de un modo incomprensible; me hablaba con tono autoritario y gesto adusto; daba siempre muestras de muy mal humor y no conversaba ya conmigo; recogió todos los libros que me había prestado. Uno de ellos, que era la historia de Rusia y había despertado mi interés, lo tenía a medio leer. En vano me preguntaba en qué había podido ofender a mi dueño; no me lo expliqué jamás.
La primera frase de uno de sus parlamentos se me había quedado grabada en la memoria; pero en lugar aparte y sin que influyera lo más mínimo en mis otras ideas.
«Dios es una ilusión de tu alma», repetíame en mi fuero interno, sin que experimentara el deseo de rebatir ese aserto, tan desprovisto de base.
Poco después llegó la amante de Antoni; era ya muy entrada la noche cuando oí sonar el timbre:
—¡Pronto, el samovar!