Mis confesiones

Mis confesiones

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Cuando entré con el samovar, vi sentada en el sofá a una mujer que llevaba una amplia bata de color claro; unos rizos rubios le caían sobre los hombros. Era pequeñita como una muñeca; tenía el semblante fresco y rosado y los ojos azules. Su aspecto me pareció modoso y entristecido.

Coloqué el servicio de té sobre la mesa; Antoni me repetía sin cesar:

—¡Apresúrate! ¡Venga, más aprisa!

«Y cómo hierve», pensaba yo.

Aquella historia de amor me interesaba; mejor dicho, me agradaba ver cómo Antoni era bueno para algo, siquiera fuese para amar, cosa no muy difícil. En cuanto a mí, no sentía ningún deseo en aquel tiempo. La depravación de los monjes me repugnaba; pero el Padre Antoni no era un religioso a mis ojos; y, además, su amante tenía cierto encanto: era fresca como un juguete nuevo.

A la mañana siguiente, cuando fui a arreglar el dormitorio, me enteré de que el Padre Antoni había salido, dirigiéndose a casa del Superior. La mujer, sentada en el sofá, tenía un libro en la mano. Me preguntó mi nombre y si hacía mucho tiempo que me hallaba en el convento.

—¿No te aburres aquí?

—No.

—¡Es raro, en caso de ser verdad!

—¿Y por qué no ha de ser verdad?


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