Mis confesiones
Mis confesiones —Porque eres joven y guapo.
—¿Acaso los conventos se han hecho para los monstruos?
Se echó a reÃr, posó uno de sus pies, descalzo, en el suelo, y empezó a examinarme de una manera muy extraña; llevaba los brazos desnudos hasta los hombros y el vestido entreabierto dejaba ver los pechos.
«¡Te equivocas en eso!», pensaba yo. «Guarda tu desnudez para tu amante».
Pero la pequeña necia proseguÃa:
—¿No te turban las mujeres?
—No veo ninguna. Y, además, ¿por qué habÃan de turbarme?
—¿Cómo? ¿Cómo?
YreÃa a grandes carcajadas.
Antoni apareció en el umbral de la puerta.
—¿Qué sucede, ZoÃa? ¿Qué ocurre?
—¡Ah! —contestó ella—. ¡Qué precioso es éste!
Yempezó, con una voz que parecÃa un gorjeo, a contarle lo divertido que yo era. Antoni, sin darle oÃdos, me ordenó severamente:
—¡Ve a vaciar las cajas! Luego llevarás una parte de las provisiones al Superior.