Mis confesiones
Mis confesiones Durante la comida, Antoni y su amante bebieron mucho vino. Por la noche, después del té, ella estaba borracha perdida, y el monje más bebido que de ordinario. Apenas interrumpÃa sus mandatos: «¡Trae esto, llévate aquello, pon el vino al fresco!» Yo corrÃa como un mozo de café; y ellos cada vez se tomaban más libertades delante de mÃ. La señorita tenÃa calor, y desnudóse casi del todo. Antoni me preguntó de pronto:
—¿Verdad que es guapa, Matvei?
—Bastante.
—¡Ah! ¡Pero mÃrala bien!
Ella reÃa, borracha como una cuba.
Hice ademán dé salir, pero Antoni me atajó, dando grandes voces:
—¿Dónde vas? ¡Aguarda! ¡ZoÃa, ponte en cueros!
Me pareció haber oÃdo mal; pero ZoÃa, despojándose de la bata que llevaba desabrochada como todo indumento, se puso en pie, tambaleándose. Miré a Antoni, y él a mÃ; el corazón me latÃa aceleradamente; el monje me inspiraba cierta lástima; no le sentaban bien las canalladas; sentÃa vergüenza por aquella mujer.
Antoni se indignó:
—¡Vete, pues, golfo!
—¡Tú sà que eres un golfo!