Mis confesiones

Mis confesiones

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Dio un brinco; las botellas cayeron en la mesa; la vajilla entrechocaba y algo se derramaba, chorreando precipitada y lamentablemente. Fui a dormir al jardín. El corazón me dolía como un miembro helado. Al poco rato oí la voz de Antoni, enfurecido:

—¡Largo de aquí!…

Y la de la mujer, que decía con voz chillona:

—¡Acabarás, imbécil!

Luego oí cómo en el patio enganchaban los caballos que piafaban, haciendo resonar las herraduras sobre la tierra reseca. Se cerraron unas puertas con gran estrépito; el vehículo empezó a rodar y la verja rechinó sobre sus goznes. Antoni iba y venía agitadamente por el jardín, llamando a media voz:

—Matvei, ¿dónde estás?

Su silueta elevada, revestida de negro, se movía entre los árboles; se agarraba a las ramas, que esparcían por el suelo la albura olorosa de los pétalos. De vez en cuando gruñía:

—¡Im…bé…cil…! ¡Ah!

Detrás de él se arrastraba por el polvo una sombra opaca y gruesa.

Permanecí acostado en el jardín hasta el amanecer; luego corrí al despacho del Padre Isidoro, y le dije:

—¡Devolvedme mis papeles! ¡Me voy!


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