Mis confesiones

Mis confesiones

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Su sorpresa fue tan grande, que dio un brinco en su asiento.

—Pero ¿por qué? ¿A dónde?

—¡Por el mundo; ni siquiera lo sé!

Me interrogó sobre las causas de mi resolución; pero no quise decírselas.

Al salir de allí, fui a sentarme en un banco bajo un abeto. Lo hice a propósito; allí se sentaban todos los que abandonaban voluntariamente el convento o eran expulsados de él. Al pasar junto a mí, los Hermanos me lanzaban miradas furtivas; algunos escupían al suelo, en signo de asco. Olvidaba decir que había corrido la especie de que yo era el amante de Antoni. Los novicios me envidiaban; los monjes envidiaban a Antoni, y todos nos calumniaban a uno y a otro.

Los Hermanos se decían entre sí:

—¡Gracias a Dios que han echado también a ése!

Fui llamado por el Superior, quien en tono amistoso me dijo:

—¡Bien te lo dije yo, Matvei, hijo mío, que era preferible que trabajaras en las oficinas! Yo tenía razón; las personas de experiencia tenemos siempre razón. Tu carácter es indómito en demasía y no puede someterse satisfactoriamente a la prueba del servicio doméstico. Y como había de ocurrir, has injuriado al honorable Padre Antoni.


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