Mis confesiones
Mis confesiones HACIA el mediodía crucé el lago y me senté en el ribazo para contemplar el convento donde, por espacio de dos años, había vivido doblegado bajo un yugo durísimo.
El bosque desplegaba sus verdes alas como para mostrar el convento en su seno. Sobre el tupido follaje se delineaban, con toda claridad, los blancos muros almenados, las cúpulas azuladas de la vieja iglesia y las de lapislázuli del nuevo templo, las techumbres bermejas, coronadas de cruces resplandecientes de claridades subyugantes. Más allá, la campana de zafiro celeste tañía el jubiloso cántico de primavera, y el sol festejaba su victoria.
Y en aquella belleza juvenil, retozona y palpitante, unos hombres, vestidos con largos hábitos, se pudrían y pasaban los días vacuos, desprovistos de amor y de goces, manchados de barro y enmohecidos por una labor estúpida.
Sentí piedad por todo el mundo y por mí mismo, y con lágrimas en los ojos emprendí de nuevo mi camino.
El aire estaba perfumado; la tierra entera cantaba con todo lo que vivía en ella; el sol hacía crecer las plantas, que se erguían hacia el cielo y saludaban al astro. Las hojas de los árboles susurraban, balanceándose; las aves gorjeaban; por doquiera el amor triunfante. La tierra fecunda se embriagaba con su esfuerzo.