Mis confesiones
Mis confesiones Me crucé con un campesino; apenas si correspondió a mi saludo. Pasó una mujer, y rehuyóme. ¡Y, sin embargo, yo sentía tantas ganas de hablar con alguien! ¡Cuán cariñosamente les hubiera tratado!
Pasé la primera noche de libertad en pleno bosque. Echado en el suelo, me abismé en la contemplación del firmamento, cantando dulcemente, hasta que, al fin, me quedé dormido. Al día siguiente, el fresco me despertó muy temprano, y púseme inmediatamente en marcha. Iba al encuentro de la Vida, como si me nacieran alas.
Las gentes me miraban con malos ojos: los aldeanos aborrecen y desprecian el hábito negro de los monjes. Y yo no podía desprenderme de él; había ya caducado mi pasaporte y el Superior había consignado en él mi calidad de novicio que se dirigía a los Lugares Santos.
Tenía la intención de visitar dichos Lugares en compañía de los peregrinos que llenaban por centenares nuestro convento en los días festivos. La comunidad, que los consideraba como parásitos, les trataba con indiferencia y aun hostilidad; les quitaban los últimos copecks, hacíanles ejecutar los trabajos más penosos del monasterio, los explotaban de todas las maneras. Absorbido por mis incesantes tareas, eran muy escasas las relaciones que pude tener con aquellos vagabundos; es más, procuré siempre evitar su trato, porque me juzgaba superior a todos ellos, por la naturaleza de mis designios particulares.