Mis confesiones
Mis confesiones La tierra se estremecía bajo la huella de los aventureros, y los empujaba siempre más lejos, hacia dondequiera hubiera conventos aislados prometedores de milagros, dondequiera que se adivinase la esperanza de llegar a un algo mejor que esta vida, amarga, afanosa y dura.
La silente fermentación de las almas solitarias me llenó de maravilla; me volví más humano. Comencé a preguntarme qué buscaban los hombres, y me parecieron todos tan agitados y perplejos como yo.
Al igual que yo, eran muchas las gentes que buscaban a Dios, y no sabían ya a dónde encaminarse. Habían derramado sus almas a lo largo de los senderos a que les conducían sus investigaciones, y si entonces seguían andando, era porque les faltaban fuerzas para detenerse; desvalidos e inconscientes, les arrastraba el viento, como livianas plumas.
Unos eran impotentes para refrenar su pereza, y vivían en la humillación y la mentira; otros, poseídos del afán de verlo todo, carecían de energía para amar nada.
Vi, entre aquellos peregrinos erráticos, una cantidad considerable de gentes nulas, de picaros y holgazanes cínicos, ávidos como piojos. Pero ésos eran como el polvo levantado por la procesión de los que verdaderamente iban en busca de Dios.
Y esa procesión me atraía con una fuerza irresistible.