Mis confesiones
Mis confesiones Entre aquella multitud revoloteaban, como gaviotas en las orillas de un lago, gentes de toda laya, cuya rapacidad monstruosa me llenaba de espanto.
En cierta ocasión pasábamos por Bielaogerie; fijóme en un hombre de edad mediana, de aspecto avispado, bien vestido y con cierta apariencia de vivir en la holgura.
Se habÃa situado bajo un árbol, a la sombra; junto a él habÃa una escudilla de cobre, un bote de pomada y algunos trapos. A intervalos voceaba:
—¡Eh, buenas gentes! Venid aquÃ, los que tengáis llagas en las piernas. Yo las curo; las curo gratuitamente; he hecho este voto el Señor.
Aquel dÃa se celebraba en Bieloagerie una gran fiesta. Los peregrinos afluÃan en masa de todas partes. Muchos de ellos se agolpaban en torno del charlatán y se quitaban las vendas de paño que les servÃan de medias; el hombre les lavaba los pies y curaba las heridas, al mismo tiempo que les amonestaba.
—¡Ah, hermano mÃo! No eres juicioso. Estos zapatos son demasiado grandes. ¿Cómo puedes andar asÃ?
El peregrino contestaba en voz queda:
—Me los han dado de limosna.
—Quien te los ha dado ha hecho una buena acción; en cambio, tú, poniéndotelos, has cometido una tonterÃa. ¡Dios no te lo alabará!