Mis confesiones

Mis confesiones

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«He aquí un hombre que sabe cómo Dios interpreta las cosas», pensaba yo.

Una mujer se adelantó, cojeando.

—¡Ah, buena mujer! ¡No es un callo lo que tienes, sino el mal napolitano! ¡Es una enfermedad contagiosa, buenas gentes! Familias enteras que mueren de ella.

Levantóse la mujer, confusa y sonrojada, y fuese retirando con los ojos bajos; el improvisado médico volvió a sus gritos:

—¡Acercaos, buenas gentes! ¡En nombre de San Cirilo!

Los peregrinos acudían y descalzábanse entre gemidos. Les lavaba los pies, y se iban, diciéndole:

—¡Que Jesús te salve!

Pero noté que sus correctos rasgos se contraían convulsivamente, y qué sus manos, tan habilidosas, estaban trémulas. Cerró su establecimiento de beneficencia, y fuese no sé dónde.

Por la noche, un monje me señaló un tinglado donde podría dormir; allí estaba también el curandero. Habiéndome acostado junto a él, le pregunté en voz baja:

—¿Cómo se explica que os mezcléis con el populacho? A juzgar por vuestra indumentaria, deberíais estar en un hotel…


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