Mis confesiones
Mis confesiones Aquel hombre tomaba a Dios por un médico. Una sensación indecible de asco se adueñó de mí. Acabé por taparme los oídos.
Terminadas sus oraciones, echó mano a la alforja, sacó las provisiones y empezó a comer ruidosamente, como un cerdo.
Encontré a muchos otros seres de esa ralea. Por la noche se arrastraban ante su Dios y durante el día oprimían sin piedad al prójimo. Envilecían a Dios, sirviéndose de él para encubrir sus infamias. Intentaban sobornarle y le regateaban el precio.
—¡Oh, Dios mío, no olvides lo que te he regalado!
Esclavos ciegos de su propia rapacidad, la elevaban incluso por encima de ellos; adoraban al ídolo monstruoso de sus almas cobardes e innobles, y le pedían:
—¡Señor! ¡No descargues sobre mí tu cólera!
Y se convertían en espías de su Dios, en jueces de su prójimo; acechaban las violaciones de las leyes religiosas; se agitaban, acusaban y gemían.
—¡Desgraciados de nosotros! ¡La fe se va extinguiendo!
Uno de ellos, especialmente, me divertía por su fervor.
Anduvimos juntos desde Pieiraslavi a Rostof; durante el trayecto no cesó de preguntarme: