Mis confesiones
Mis confesiones Su alma bondadosa habÃa volado; repentinamente, todo se tornó para mà frÃo y tenebroso. Cuando lo enterraron, yo estaba enfermo y no pude acompañar al buen hombre hasta el cementerio. Apenas me levanté de la cama, fui a su tumba y sentóme junto a ella, con el corazón tan oprimido que no podÃa llorar. Su voz sonaba en mis oÃdos, me parecÃa estar oyendo sus palabras. Ya no tenÃa a nadie en el mundo que me prodigara sus caricias. Todo me era ajeno, todo me parecÃa remoto. Alguien me tomó una mano y sentà que me levantaban del suelo. Miré. Era Titof.
—Nada tienes que hacer aquà —dijo—. Vámonos.
Me llevaba, y le seguÃ.
—Se ve que tienes buen corazón, muchacho —observó—. Te acuerdas del bien que te hizo.
Pero estas palabras no me consolaban. Permanecà en silencio. Titof prosiguió:
—Ya cuando fuiste abandonado, tuve la intención de llevarte conmigo, pero llegué tarde. Por lo visto, Dios quiere que me encargue de ti, puesto que por segunda vez ha puesto tu vida en mis manos. Ven, vivirás conmigo.
En aquel momento todo me era indiferente: vivir o dejar de vivir, vivir de cualquier modo o vivir con cualquiera. Asà cambié de vida, sin apenas darme cuenta.